Antes de que jugar significara encender algo, había juegos que empezaban levantando las manos.
Dos personas frente a frente, las palmas abiertas, un aplauso, un choque cruzado, otro aplauso, la otra mano, y una canción que había que seguir sin perder el ritmo. No hacía falta tablero, pilas, pantalla ni juguete. Hacían falta dos manos propias, dos manos ajenas y alguien que se acordara cómo seguía.
Los juegos de palmas tenían algo muy particular: si las dos personas sabían la canción, salía solo. Las palmas iban y venían casi sin pensar, como si el cuerpo tuviera la letra guardada en otro lado. Pero si una no sabía el juego, se notaba enseguida. Se quedaba quieta, se confundía, chocaba tarde o miraba las manos de la otra como tratando de leer instrucciones invisibles. Y esa falta de sincronía también lo volvía divertido: errarle a la palma del otro, cambiar la letra o hacerse el distraído.
Eso pasaba mucho cuando se quería hacer jugar a un adulto, más que nada a los papás. Uno agarraba a su papá, le ponía las manos enfrente y esperaba que entendiera una coreografía que nadie le había explicado. El pobre hacía lo que podía. A veces llegaba tarde, a veces se reía, a veces directamente quedaba como una estatua con las palmas levantadas.
Las canciones eran otro mundo. Algunas se repetían bastante, otras cambiaban según quién te las enseñara. No siempre tenían demasiado sentido, y quizás por eso se quedaban tan pegadas. Había palabras deformadas, rimas raras, partes que una entendía a medias y finales que se esperaban con ansiedad.
Una de las que recuerdo decía algo como: “Mensú... Mensú. Mensú fue a melo melo, qué melo, qué melo, se le ha perdido un guante, qué guante de acero. Chiqui bum bum bum, chiqui bum bum bum, y aho... y aho... y ahora te hago ¡PUM!”. Y ahí venía el remate, que podía ser una cosquilla o ese ataque final que ya sabías que estaba por llegar. La canción se cantaba mientras chocabas las palmas contra las de la otra persona, alternando movimientos hacia arriba y hacia abajo, hacia adelante, cruzados o simples. A veces iban tres aplausos; a veces, uno solo.
Lo lindo es que no había una versión única. Cada escuela, cada barrio, cada casa podía tener su letra. Te llegaba de boca en boca, de la nena de a la vuelta de tu casa o de una prima que traía la versión de su barrio. Internet hoy te devuelve una canción prolijita, ordenada, como si siempre hubiera sido así, pero la memoria no funciona con letra oficial. Uno se acuerda de la versión que escuchó, de la que cantaba una prima, una amiga, alguien más grande que la sabía de antes o te enseñaba una que venía con perfume retro, pero completamente nueva para vos. Algunas eran cortitas y repetitivas; otras parecían venir de más lejos, con letras más largas y más armadas, como si ya hubieran pasado por muchas manos antes de llegar a las tuyas.
También estaban las rondas, los trabalenguas, las rimas de elástico o de rayuela, que muchas veces se mezclan en el recuerdo. Pero los juegos de palmas eran otra cosa. No alcanzaba con cantar. Había que estar enfrente de alguien, seguir el ritmo, cruzar las palmas en el momento justo y no perderse.
Quizás por eso quedaron tan guardados. Porque eran juegos hechos de coordinación y memoria compartida. Si una persona fallaba, el juego se rompía; si las dos entraban en ritmo, parecía magia.
Hoy cuesta imaginar que algo tan simple pudiera entretener tanto. Pero durante un rato, dos personas, cuatro manos y una canción alcanzaban para armar un juego entero.
Es cierto que estos juegos no desaparecieron del todo. Todavía pueden aparecer en alguna escuela, en alguna casa o entre chicos que los aprendieron de alguien más. Pero ya no ocupan el mismo lugar: hoy se ven mucho menos, casi como una pequeña rareza que sobrevivió al ruido de las pantallas.
¿Vos qué canción cantabas cuando jugabas a chocar las palmas?
Completá la ronda Complete the circle