Volvías a casa con el juego alquilado en la bolsita del videoclub, apurando el paso como si la tarde no pudiera esperar. Había un momento exacto en que el juego todavía no había empezado, pero la ceremonia sí.
La consola estaba prendida, tenías tu vaso con tu bebida favorita, la tele esperaba en silencio y, de pronto... la consola no arrancaba. Pantalla negra, rayas, colorcitos raros, musiquita que no sonaba, juego trabado.
Detrás, el murmullo y los ojos atentos de la familia: ese quedarse en pausa, todos esperando que apareciera algo en la tele. Entonces venía el gesto inevitable: sacabas el cartucho, lo mirabas como si fueras técnico de la NASA, soplabas con toda la fe, lo volvías a poner con mucho cuidado, lo movías apenas y encendías de nuevo.
La fe del soplido
Nadie preguntaba ni explicaba demasiado. Se hacía y punto. No sabíamos bien si servía, pero todos lo hacíamos. No era ciencia: era maña, costumbre, superstición doméstica. Como decirle al aparato: “dale, portate bien”.
Porque antes muchas cosas no funcionaban a la primera. Había que insistirles, acomodarlas, moverlas un poquito, tenerles maña. Soplar el cartucho no era sólo intentar arreglar una consola: era parte del juego antes del juego.
Antes parecía que los objetos tenían carácter. Había que conocerles el humor.
¿Vos también soplabas los cartuchos o tenías otro truco para que arrancara?
Completá la ronda Complete the circle