REBOBINANDO RECUERDOS. REVIVIENDO LO MEJOR. REWINDING MEMORIES. RELIVING THE BEST.

El sitio Rewindero es un lugar para rebobinar recuerdos cotidianos: objetos, modas, canciones, golosinas, gestos que ya no se hacen y pequeñas escenas que quedaron guardadas en alguna parte.

No coleccionamos pasado: lo miramos otra vez.

La página recuerda, Rewindero revive, los Rewinderos completan la ronda.

Rewindero is a place to rewind everyday memories: objects, trends, songs, candy, little things people no longer do, and small moments tucked away somewhere.

We don’t collect the past: we look at it again.

The site remembers, Rewindero brings it back to life, and the Rewinderos complete the circle.

Cuando la videocasetera mordía el VHS

VHS con la cinta enganchada saliendo del cassette y etiqueta de devolver rebobinado

Devolver a las 18hs

Había un sonido que podía arruinar una tarde entera: el ruido raro de la videocasetera cuando algo pasaba con el VHS adentro. No era sólo el aparato trabándose. Era ese segundo en el que todos miraban la máquina con cara de tragedia, porque algo adentro había mordido la cinta.

Si la película era alquilada, el miedo venía por un lado: había que devolverla, estaba el videoclub, estaba la vergüenza, estaba la posibilidad de haber arruinado algo que no era tuyo. Pero si era un video familiar, la cosa era peor. Ahí no se perdía una película: se podía perder un cumpleaños, unas vacaciones, una comunión, una fiesta o cualquier pedazo de vida grabado con esa cámara enorme que parecía cargar más responsabilidad que imagen.

Entonces empezaba el ritual. Primero, la orden sagrada: no tironees. Después venían los botones, todos los botones, como si alguna combinación secreta pudiera convencer a la videocasetera de devolver la cinta sana y salva. Play, stop, eject, rewind, apagar, prender, esperar, volver a probar. Y nada.

A veces la cinta quedaba medio afuera, medio adentro, como si la máquina la estuviera escupiendo pero se hubiera arrepentido a mitad de camino. Entonces alguien buscaba una linterna para mirar por la ranura, tratando de entender dónde se había enganchado. También podía aparecer algún objeto fino, con esa esperanza peligrosa de desenganchar algo sin romper nada. Pero cuanto más se miraba, más claro quedaba que el monstruo tenía el VHS en las tripas. La cinta seguía ahí, atrapada, y lo que podía perderse no siempre se podía volver a grabar.

La verdad era que muchas veces no había magia posible: había que abrir la videocasetera. Sacar tornillos, levantar la tapa y mirar esa mecánica de rodillos, cabezales y cinta arrugada como si fuera una cirugía. Y ahí, con paciencia, había que liberar el cassette sin cortar la cinta, sin marcarla más, sin empeorar el desastre.

Después venía la segunda parte del drama: revisar el daño. Si la cinta estaba arrugada, se intentaba acomodarla. Si había quedado afuera, había que rebobinarla con cuidado. Y si el VHS volvía a entrar y reproducía, aunque fuera con una franja de nieve en el tramo afectado, era casi un milagro doméstico.

Por eso cuando una videocasetera mordía un VHS, el problema era físico, visible y angustiante. Era una pequeña escena de suspenso hogareño: todos alrededor de la máquina, alguien diciendo que no toquen más nada, otro buscando una linterna, y la videocasetera quieta, como si no tuviera ninguna intención de confesar qué había hecho.

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Completá la ronda Complete the circle