Uno de los rituales familiares de los fines de semana era ir al cine. Cuando había chicos, muchas veces se elegía la matiné: entradas más baratas, horarios más cómodos y una cartelera pensada para disfrutar en familia.
Los chicos también podían ir con amigos, aunque siempre hacía falta que en el grupo hubiera alguno lo bastante grande como para que los dejaran entrar. Ese detalle ya era parte de la aventura: no alcanzaba con tener ganas de ver la película, también había que lograr pasar esa pequeña frontera de la entrada.
En las matinés, además, el público también era parte de la película. Si aparecía un galán juvenil, si había una escena inesperada o si alguna estrella del momento hacía suspirar a media sala, el cine explotaba en gritos, risas y silbidos. No era silencio de museo: de repente podía transformarse en una jaula emocional llena de pibitas perdiendo la dignidad porque el galán había mostrado medio hemisferio glorioso en pantalla. El acomodador con linterna no alcanzaba ni aunque fuera Gandalf. Era una emoción compartida, exagerada, ruidosa, imposible de repetir viendo una película a solas en casa.
Pero el cine no empezaba cuando se apagaban las luces. Empezaba antes, en la ventanilla, con la entrada en la mano, y seguía en el hall, donde todo parecía tener un brillo especial. El puesto de golosinas tenía ese toque mágico que lo convertía casi en otro espectáculo: chocolates, chicles, galletitas, caramelos, bebidas enormes con pajitas bicolor y la máquina de popcorn llenando cubos de cartón. Comprar algo antes de entrar era parte del ritual. Y si había intervalo, mejor todavía: el descanso servía para estirar las piernas, ir a la toilette o volver a reabastecerse, como si la segunda parte de la película exigiera provisiones nuevas.
Las salas eran enormes y oscuras, iluminadas apenas por la pantalla y por ese haz de luz que salía desde el proyector, cruzando el aire por encima de las butacas. Si llegabas a tiempo, elegías el lugar que querías, bajabas el asiento y te sentabas. Si llegabas cuando la película ya había comenzado, te acompañaba el acomodador y te guiaba con la luz de su linterna sobre la alfombra.
Generalmente, las películas extranjeras venían subtituladas, y la gente hacía silencio para seguir la historia. Cada tanto aparecía un murmullo, una tos, un “shhh” perdido en la oscuridad. Y de vez en cuando volvía a pasar el hombre con la linterna, recorriendo el pasillo entre las filas, asegurándose de que todo estuviera bien.
Cuando terminaba la función, se encendían las luces y también volvía el murmullo colectivo. Algunos aplaudían, otros silbaban, muchos se levantaban todavía con la película encima. La salida del cine también era parte de la experiencia: la gente se iba feliz, lista para comentar con otros lo que acababa de ver, como si la película siguiera un rato más afuera de la sala.
¿Vos también salías del cine con esa emoción fuerte que de pronto te hacía desear bailar, cantar, o tener un superpoder capaz de hacerte correr como un rayo?
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