Hubo un tiempo en el que ver tu programa favorito no dependía sólo de llegar a horario. También dependía del clima. Porque no era raro que, justo cuando la familia estaba más enganchada mirando la caja mágica, empezaran a aparecer la lluvia, las líneas que subían y bajaban, la imagen que se achicaba cada vez más y se distorsionaba en ondas verticales. Todo venía acompañado por sonidos eléctricos, estática y ese shhHHH que anunciaba que la pantalla estaba a punto de quedar blanca, como si estuviera nevando adentro.
Muchas veces se pensaba que era mejor no tocar la antena y esperar que se acomodara por arte de magia. Otras veces, en cambio, alguien empezaba a moverla apenas la imagen fallaba. También estaban los golpecitos arriba o al costado de la tele, como diciendo “dale, portate bien”. Pero el problema no venía por el humor del aparato, sino por sus famosas orejas de conejo: esa antenita en V sobre la tele o, en ocasiones, la antena grande puesta en el techo.
Las orejas de conejo y la antena del techo
Había dos escenarios. Lo que no cambiaba era que siempre alguien quedaba encargado de tocar la antena y tener nervios de acero, mientras otra persona hacía de guía desde adentro o de corneta humana cuando la antena estaba en el techo.
El primer escenario era con la antena en V sobre la televisión. El “técnico” de la familia empezaba a moverla con cuidado. El encargado del control de calidad se ponía a una distancia cómoda, normalmente sentado, para ver bien la imagen. El que movía la antena también quería mirar la pantalla, pero al hacerlo volvía a mover las orejas de conejo y la señal se perdía otra vez. Entonces llegaba la frase inevitable: “vos mové la antena, yo miro”.
Y ahí empezaba todo el ritual: más a la derecha, más a la izquierda, no, esa oreja dejala quieta, mové la otra, subila, pongámosle un poco de papel aluminio en la punta, ahora sí, quieto! La persona quedaba inmóvil, en una posición absurda, con terror de separar los dedos de la antena y perder la imagen.
El segundo escenario era más o menos lo mismo, pero con gritos y sin que quien movía la antena pudiera espiar la imagen ni siquiera de reojo. Ahí empezaba un ida y vuelta desde el techo: “Ahí?” Desde adentro: “No!” Una y otra vez se escuchaba la misma pregunta: “Ahí?” Y la misma respuesta, cada vez más desesperada: “Noo! No se ve! Todavía no! Ahora se ve peor. Movela para el otro lado! Te pasaste! Recién se veía mejor! Volvé para donde la estabas moviendo antes! Ahí! No la toques más!”
Cuando la tele peleaba con el aire
Mirar tele también tenía esa mini coreografía doméstica, una negociación con el aire, la señal y la paciencia familiar. Hoy este gesto pertenece a otra tecnología y a otra forma de mirar TV. Cuando la señal era física, caprichosa, visible en la pantalla: lluvia, fantasmas, rayas, imagen que aparecía y desaparecía. Hoy, si se corta, se congela, pixela o tira error. Antes la tele peleaba en vivo con el aire.
Si pudieras comprar un boleto para mirar tu programa favorito en esa época, lo comprarías? Porque hoy tu partido o tu programa favorito se ven con tranquilidad y ya no hay que pelear con antenas. Pero tampoco existe más todo lo que rodeaba aquel ritual.
Completá la ronda Complete the circle