Hubo una época en la que el yoyo dejó de ser solamente ese objeto redondo que subía y bajaba con más o menos obediencia. Apareció uno, después otro, después alguien dijo “mirá este truco” y de repente se convirtió en fiebre.
Lo más raro no era que jugaran los chicos. Porque el yoyo venía asociado a gaseosas, colores fuertes, promociones y modelos llamativos, parecía tener entrada directa al mundo infantil. Pero lo más interesante fue ver adultos completamente hipnotizados por un sánguche relleno de piolín, tratando de hacerlo dormir, volver, girar, trepar, obedecer, hacer algo digno. Gente grande, seria, con responsabilidades, parada ahí como si el futuro de la humanidad dependiera de que saliera bien el perrito.
Porque el yoyo no era un juguete infantil. Era un duelo de muñeca con forma de juguete. Pertenecía a esa familia medio antigua de juegos de destreza que nunca fueron del todo infantiles. Como el balero, el trompo o la pirinola, podía estar en manos de un chico, pero también de un adulto muy serio dispuesto a demostrar que todavía tenía muñeca, paciencia y orgullo suficiente para pelearse con un piolín.
El juguete que se tomaba en serio
El yoyo tenía una cosa peligrosa: parecía fácil. Uno lo veía bajar y subir y pensaba “esto es pan comido”. Error. Bastaba agarrarlo para descubrir que ese objeto tenía voluntad propia, orgullo personal y cierto desprecio por el principiante.
Si bajaba, no siempre subía. Si subía torcido se trababa al siguiente tiro. Si uno quería lucirse, era el momento justo para enredarse. Y si había público mirando, directamente decidía humillar al dueño.
Pero ahí estaba la gracia. Porque el yoyo no era solamente tenerlo: era dominarlo. Había que practicar, conocerlo, ajustar el piolín, probar la muñeca, mirar al que sabía, copiar el movimiento y fingir que todo era parte del plan cuando salía cualquier cosa.
Gaseosas, promociones y modelos deseados
En muchos recuerdos, la fiebre aparece pegada a las gaseosas. Yoyos de Coca-Cola, Fanta, Sprite, entre otros nombres, dando vueltas por negocios, promociones, demostraciones o manos de alguien que siempre parecía haber conseguido uno mejor.
Pero las gaseosas no parieron al yoyo. El yoyo ya venía de antes, con historia propia y muchas décadas encima. Lo que hicieron esas promociones fue otra cosa: lo pusieron de nuevo en circulación, lo volvieron visible, deseable, discutible. De pronto no alcanzaba con tener “un yoyo”. Había que tener ese, el bueno, el que no se trababa, el que volvía mejor, el que tenía el peso justo, el que parecía profesional, el ganador, aunque uno lo usara como una piedra con hilo.
Con la fiebre nació el delirio de los modelos: transparentes, con luces, más pesados, más calibrados, más modernos, más raros, más “este sí es de verdad”. Cada modelo prometía secretamente que ahora sí uno iba a hacer trucos como los que salían en la tele, pero no venían con talento incluido.
Epidemia de yoyeros
No eran sólo los chicos en el recreo. También había adultos jugando. Padres, tíos, vecinos, yoyeros profesionales compitiendo en televisión, demostradores, gente que agarraba el yoyo con una concentración admirable y anunciaba “mirá” justo antes de que el objeto bajara con elegancia y pareciera quedarse dormido.
A veces salía bien, y entonces parecía magia. El yoyo dormía, giraba, volvía a la mano, hacía una vuelta rara, formaba una figura con el piolín. Durante dos segundos, esa persona no era un adulto común: era un maestro del universo circular.
Otras veces no salía nada. Pero eso tampoco frenaba la fiebre. Al contrario. Renegar era parte del asunto. Uno volvía a intentarlo porque siempre quedaba la sensación de que la próxima iba a salir. El yoyo era una pequeña máquina de prometer revancha.
Trucos que viajaban de boca en boca
Los nombres de los trucos tenían algo de sociedad secreta: la vuelta al mundo, pasear al perro, el columpio, el ascensor, el dormilón y vaya uno a saber cuántos más. No siempre quedaba claro de dónde salían. Capaz de una demostración, de la tele, de un folleto, de un amigo del primo, de alguien que “sabía”. Lo importante era que esos trucos circulaban. Alguien decía “yo sé hacer tal” y automáticamente había que verlo.
Aprender un truco podía llevar mucho más que unas horas. Entonces uno empezaba a llevarlo encima, a probarlo en cualquier momento, a sacarlo casi sin darse cuenta. El yoyo era un objeto simple, pero adictivo, y se convertía rápido en compañero inseparable.
Después de un tiempo uno ya sabía cómo se sentía en la mano: el peso, el tamaño, la tensión del piolín. Y si no lo llevaba encima, faltaba algo. Como si ese sánguche redondo se hubiera ganado un lugar propio en el bolsillo.
Objeto, colección y fiebre
Por eso el yoyo no entra cómodo en una sola caja. Era juguete, pero también objeto coleccionable. Era moda, pero también competencia, promoción, espectáculo y excusa para que un adulto dijera “dejame probar” con la misma seriedad con la que otro arreglaba una radio.
Algunos quedaban guardados. Otros terminaban golpeados, rayados, con el piolín cambiado o enredado para siempre. Algunos eran comunes. Otros parecían joyas de plástico. Y estaban los que uno recordaba como si hubieran sido mejores de lo que probablemente eran, porque la memoria también les pone luces aunque no las tuvieran.
Visto desde hoy, es casi absurdo: tanta emoción por algo que baja, sube y a veces no hace ninguna de las dos cosas como corresponde. Pero justamente ahí está el encanto. El yoyo tenía poco y prometía mucho. Era simple, portátil, barato o promocional según el caso, pero podía convertir una mano cualquiera en escenario.
Y durante esa fiebre, bastaba que alguien sacara uno para que todos miraran. Chicos, adultos, curiosos, expertos improvisados. El mundo se frenaba un segundo alrededor de un piolín. El yoyo bajaba, giraba, dormía, volvía o fracasaba con estrépito. Y alguien, inevitablemente, decía: “a ver, prestámelo”.
Vos también te acordás de algún adulto completamente poseído por un yoyo?
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